Cuando pensamos en el arte clásico japonés, imaginamos salas de museos solemnes, pergaminos intocables y millones de dólares en subastas, pero hoy quiero hablarles de Nakanishi Kōseki, un auténtico artista underground del siglo XIX.
Kōseki perteneció al movimiento Nanga, la escuela de pintura de los intelectuales y literatos. Los artistas del Nanga eran los independientes de su época: no pintaban para complacer al gusto comercial de las masas ni para decorar los palacios del Shogún. Pintaban para expresar su mundo interior, mezclando filosofía, poesía y sentido del humor. Eran el "lado B" de la tradición japonesa. Y en ninguna obra se nota tanto ese espíritu libre como en la pintura “Yukidaruma y cuervo”.

A primera vista, el cuadro parece un chiste liviano, para captar su profundidad, hay que saber que en Japón los muñecos de nieve se llaman Yukidaruma, que se traduce literalmente como "Muñeco de nieve". Los Darumas son figuras que representan a Bodhidharma, el monje indio que fundó el budismo Zen y qué pasó nueve años meditando inmóvil en una cueva hasta que sus brazos y piernas se atrofiaron. Entonces, hacer un muñeco de nieve en Kioto es, en esencia, esculpir a un buda efímero en el patio de tu casa.
Sabiendo esto, la escena adquiere otra dimensión, Kōseki dibuja un cuervo descarado posándose con total irreverencia en la coronilla del muñeco de nieve del venerable Bodhidharma. Es un sacrilegio cómico: el animal más vivaz del invierno usando al buda de la meditación trascendental, como una simple percha para descansar.
Lo interesante es que podemos elegir cómo leer este dibujo dependiendo del momento personal en el que nos encontremos. ¿El cuervo solo se posó un minuto ahí para equilibrar el peso y luego se unió a su bandada? ¿O acaso decidió separarse de los demás y quedarse a ser un discípulo silencioso hasta que el maestro se derritió por completo?
Si nos sintonizamos con el viaje místico, nos damos cuenta de que no es necesario elegir una sola opción. Lo que Kōseki pintó en realidad es el mapa perfecto del viaje interior, dividido en tres etapas por las que todos pasamos.
La irreverencia
El viaje del alma siempre comienza rompiendo las reglas. Como el cuervo descarado que desafía la solemnidad, el buscador espiritual necesita individualizarse. Tiene que atreverse a romper con los dogmas heredados, a burlarse de las falsas pretensiones del ego humano y a encontrar, y abrazar, su diferencia. Sin esa chispa de rebelión inicial y sagrada, el cascarón de la comodidad mundana nunca se rompe.
El discipulado
Sin embargo, el rebelde debe madurar. Al mirar el fondo del cuadro, vemos a la bandada del cuervo alejarse hacia el horizonte. Él elige quedarse atrás. Abandona el grupo social para convertirse en el discípulo. Se desafía a sí mismo a permanecer en la misma postura que el Buda de hielo, acompañándolo en su fragilidad. Así, entiende la grandeza de la soledad y la belleza trágica de lo que está a punto de desaparecer.
Las cosas como son
Finalmente, el viaje trasciende la técnica, la intelectualidad y el drama. El místico baja de la cabeza del Buda, olvida las metáforas y simplemente observa el mundo tal cual es. La nieve es nieve, un cuervo es un cuervo, y la iluminación (Satori) consiste en aceptar y vivir el instante presente, sin el filtro de las teorías, antes de que todo se disuelva. El cuadro se despoja de su misticismo para volverse realidad pura.
Al final, lo importante de esta obra de Nakanishi Kōseki es que nos enseña que el camino espiritual es circular. Empieza con la risa descarada que destruye lo que creíamos sagrado, se entrega a la poesía de la devoción y termina en el silencio cristalino de una tarde ordinaria de invierno.
El cuervo de Kōseki no se burla de la meditación, nos enseña cómo iniciarnos en ella. La próxima vez que veas un destello de irreverencia en tu vida, no lo reprimas, podría ser el primer paso de tu propio viaje místico.