El salmón de Nagasawa Rosetsu: La tensión perfecta entre realidad y abstracción

by Horacio Fonseca | Jun 1, 2026 | Diccionario de la forma

Nagasawa Rosetsu (1754–1799) fue lo más parecido a una estrella de rock actual. Hijo rebelde de una familia de samuráis en el periodo Edo, y al mismo tiempo, alumno de Maruyama Ōkyo, el pintor más riguroso de Kioto, se desesperaba con la disciplina académica de dibujo del natural (shashin). Rosetsu saboteaba las tareas haciendo trazos salvajes y bromas visuales: cuenta la leyenda que su insolencia hizo que lo expulsaran del taller tres veces. Su espíritu quedó retratado en palabras del crítico Kameda Bōsai: "era un hombre libre, sin ataduras, pero a menudo se comportaba de manera arrogante y excéntrica… Su pincel reflejaba exactamente su espíritu". El pintor tuvo un final de novela negra: murió repentinamente a la edad de 45 años en Osaka, se rumora que fue envenenado por rivales envidiosos de su éxito.

Un extraño pedazo de comida salada cuelga del techo

La obra muestra un salmón curado en sal y puesto a secar boca abajo, usando el método tradicional shiyozake o aramaki sake para conservar la comida. El pescado curado de esta manera era un elemento cotidiano en el Japón del siglo XVIII, un obsequio común durante las festividades de Año Nuevo. Por eso, lo que verdaderamente rompe la cabeza al observar esta obra no es el objeto en sí, sino su enfoque.

Cabeza de salmón en salazón (Karazake zu), último tercio del siglo XVIII.

El juego entre realidad y abstracción

Rosetsu presenta el salmón en un primer plano radical y descarado. Elimina el fondo, elimina el suelo, elimina la cuerda, es decir, borra el contexto espacial por completo. Es como si te estampara el pescado directamente en la cara. Como despoja por completo al objeto de su entorno, logra que el cerebro pierda todos sus puntos de referencia habituales.

Rosetsu rechaza totalmente la vanidad inherente a la estetización de la naturaleza a través de la elegancia del trazo o la representación mimética tradicional. En su lugar, nos entrega una imagen profundamente ambigua. Si miras la obra de lejos, la cabeza del salmón deja de ser la de un pez común: se vuelve inquietante, extraña, casi como la cabeza de un dragón muerto. Experimentas un realismo descarnado y una sensación seca, un tanto grotesco-monstruosa.

Pero en cuanto te acercas, la perspectiva cambia. El color y el difuminado reemplazan al trazo. Rosetsu sabotea su propio realismo usando pinceladas de tinta sobrecargadas de agua (suibokuga), sin recurrir al contorno para lograr volumen. Si te enfocas en una sección de la carne o la piel, no reconoces un pez: percibes una mancha abstracta, un accidente controlado de grises y negros expresionistas.

Esa es la gran genialidad de la pieza, parece realista, pero en realidad es una composición abstracta donde cuesta identificar lo que estamos viendo. En la estética japonesa existe el concepto de shōtsu, que define la tensión entre lo verdadero y lo falso. Rosetsu no quería hacer una copia fotográfica del salmón, quería plasmar la esencia cruda de su textura y decrepitud. Al obligar al espectador a mirar tan de cerca un objeto vulgar y sin contexto, transformó la materia cotidiana en una bestia mitológica muerta.

A diferencia de otros pintores de su tiempo, que viajaban a las montañas sagradas buscando la iluminación o se perdían en la perfección de las flores, a Nagasawa Rosetsu le bastó con clavar la mirada en un salmón seco para regalarnos, con dos siglos de adelanto, una de las mayores lecciones de modernidad de la historia del arte.